La ternura de los pueblos

Los seres humanos vivimos desconectados de nuestros sentimientos, de las señales que nos envía nuestro propio cuerpo. Sucede, por ejemplo, cuando creemos tener hambre y lo que tenemos en realidad es sed. Desde pequeños nos enseñan a negar nuestras emociones (¿a quién no le han dicho alguna vez “los niños no lloran”?), recibimos una educación que intenta acelerar al máximo el proceso para que nos hagamos autónomos y lo que se consigue es que nos hagamos individualistas, duros, como dice la psicóloga Yolanda González, para adaptarnos a una sociedad neurótica y enfermiza como la nuestra.

El 31 de agosto se celebra el Día Internacional de la Solidaridad, una palabra que de tan usada se nos ha gastado. Buscando su significado exacto me ha resultado curioso ver cómo la RAE la define como la “adhesión circunstancial a la causa o la empresa de otros”. Llama la atención la palabra circunstancial. ¿No debería ser la solidaridad una actitud vital, un valor imprescindible y siempre presente en nuestras vidas? Quizá andemos tan desconectados de nuestras emociones, con actitudes tan individualistas que ya no somos capaces de sentir y hacer algo por las personas que están siendo marginadas y excluidas en todo el planeta.

¿Qué tal si optáramos por cambiar el modelo de educación tanto en casa como en la escuela para transformar nuestra sociedad? En el mundo educativo anglosajón se habla desde hace tiempo de la global dimension, considerando el papel fundamental de la educación a la hora de ayudar a los niños y niñas a reconocer sus responsabilidades como ciudadanos de una comunidad global. Y cada vez hay más expertos que destacan la importancia de la inteligencia emocional, como la profesora y escritora Linda Lantieri, que en el número 49 del programa Redes nos dice que el trabajo de padres y educadores es “enseñar a los jóvenes que existe otro camino”.

Cambiar nosotros para cambiar el mundo. Ser capaces de parar un momento, escucharnos, sentirnos para poder sentir al otro, al que sufre la injusticia, al que pasa hambre, al que ve en definitiva violados una y otra vez sus derechos como persona. Desde América Latina, donde bien saben de todo esto, el viento nos trajo hace años estas palabras: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”. Que no se nos olviden.

Foto de Olga Marín tomada en Morazán, Honduras. 

Escrito por Fran Vega.

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